domingo, 5 de febrero de 2023

LAS SEÑORAS DE PALAZUELOS

 

LAS SEÑORAS DE PALAZUELOS
El Señorío de Palazuelos se creó para una mujer


   Hubo un tiempo, por extraño que nos parezca, en el que algunas mujeres fueron señoras de nuestros pueblos, villas o aldeas. No como simples amas de casa, sino ostentando los títulos nobiliarios que, por lo general, llevaron los hombres. Aunque en ellas no pudieran hacer mucho.

   Quizá nuestra tierra de Guadalajara, y una parte de la antigua tierra de Atienza se lleven la palma a la hora de desplegar la hidalguía de quienes, desde los remotos años del siglo XIII o XIV, presencial o a través de sus alcaides u hombres de confianza, gobernaron muchos de los hoy conocidos pueblos de este rincón guadalajareño que se asoma a la despoblada tierra de los castillos, pues unos cuantos son los que se levantan  a la espera de su reconstrucción.



   Mencía Fernández, hija de Íñigo López de Orozco, fue Señora de Galve; Marina de Tovar lo fue de Cobeta y Torrecilla –hoy del ducado-; Ana de la Cerda, de Miedes y Mandayona; Mencía y María de Mendoza lo fueron de Jadraque; y unas cuantas princesas, antes de ser reinas, ostentaron el Señorío de Atienza como emblema de una parte de la vieja Castilla.

   Pero si hay una población en la que las mujeres pasaron por encima de los hombres, población a la que engrandecieron con sus títulos, esta fue la hidalga y amurallada villa de Palazuelos, que se nos muestra, todavía con las melladuras del tiempo de los linajudos escudos, a la vera del camino que conduce de Atienza a Sigüenza, o al revés. A un paso de la que fuese señorial torre de Séñigo, cuyas piedras hoy se amontonan bajo la arboleda que las oculta. Desdicha de los siglos presentes que dejó arruinar un emblema en la comarca.

   Nadie ha sido capaz de cifrar la antigüedad de la hermosa y señorial villa de Palazuelos, cuyos orígenes han de remontarse, si hacemos caso a los descubrimientos que por allá se llevaron a cabo cuando el siglo XX comenzaba a mocear, a los albores de una prehistoria que nos habla de íberos, celtíberos y tribus afines.  Uno de los hijos de este hidalgo pueblo que hoy se adormece al canturreo de la historia, Justo Juberías, indagó por el cerro de la Horca en los orígenes de los primeros pobladores conocidos, junto a alguno de los sonoros nombres de la arqueología patria.

 TIERRA DE SIGÜENZA. Sus pueblos, sus gentes y sus libros (pulsando aquí, entras en el blog)

   Su castillo y sus murallas, emblema hoy de lo que fue ayer, se remontan a los siglos XIII o XIV o XV. Las obras, por aquellos remotos tiempos, se prolongaban a lo largo de los años sin tasa ni medida. Lo que uno levantó otro lo trató de mejorar, y así se fueron pasando los apellidos, desde que alguno de aquellos caballeros desconocidos puso la primera piedra hasta que algún rey, en nombre de la reina Juana I, ordenó al corregidor de Atienza, don Álvaro del Espinar lo era en ese tiempo, que mirase a ver lo que don Diego Carrillo, conde de Priego y marido de una de las señoras de la villa, doña Guiomar de Mendoza, andaba haciendo. Puesto que estaba levantando en el castillo más torres, y más altas, de las que las leyes de Castilla permitían. Decía la reina, por boca de sus regentes, que en el dicho Palazuelos: hedefica e fase el dicho conde una fortalesa con muchas torres e cubos en barrera e torre del omenaje sin mi liçençia e mandado la qual diz que se yntentó a faser en algunos tienpos pasados e diz que por ser en mucho perjuisio de las dichas salinas e del mi patrimonio real fue mandado que no se hisiese…

   Y como se hizo, lo que hoy señalaríamos como construcción ilegal, amenazante de las posesiones reales, la reina mandó derribar todo aquello cuando corría el año de gracia de 1508, devolviendo el castillo al estado en el que el de Priego lo encontró siendo, seguramente y con alguna extraña reforma de los siglos últimos, lo que hoy conocemos. Todo indica, resulto de la orden de la reina, que el castillo lo comenzó a levantar años atrás, o al menos a darle la forma hoy conocida, el suegro de don Diego Carrillo, nuestro amigo don Pedro Hurtado de Mendoza, adelantado de Cazorla, quien, junto a su mujer, doña Juana de Valencia, durmieron el sueño de los justos en labrada piedra de hermoso monumento funerario, destruido por la incultura de una guerra, en la iglesia guadalajareña de San Ginés.
   Doña Guiomar, heredó a don Pedro Hurtado y a doña Juana de Valencia. Los escudos de ambos, don Pedro y doña Juana, campean todavía sobre alguna de las puertas de la villa.

   A doña Guiomar la casaron con el dicho conde de Priego, y a ambos debía de heredar don Luis Carrillo de Mendoza, quien igualmente sería IV conde de Priego, pero este murió sin descendencia, por lo que pasaron sus títulos y haciendas a su mujer, Beatriz de Valencia, quien tampoco dejó herederos directos, de manera que pasó Palazuelos, tras largo y farragoso pleito, a don Diego Hurtado de Mendoza, el flamante hijo de nuestro cardenal don Pedro González de Mendoza, de quien llegó al ducado del Infantado. Y todo porque doña Catalina, hermana de doña Guiomar, hijas ambas de don Pedro el Adelantado de Cazorla, se negó a casarse con su primo Diego, ingresando en un convento. El despecho de la prima, al final, terminó dando la propiedad de Palazuelos a los herederos del primer conde de Mélito, entrado que estaba ya el siglo XVI.

   Para que esto sucediera, antes pasó Palazuelos por la mano de doña Mayor Guillén de Guzmán, la mujer que está en los orígenes de que fuesen ellas, por encima de ellos, quienes gobernasen la villa.
   Doña Mayor, de quien cuentan pudo ser reina de Castilla, por sus amores con quien sería rey, el mozo don Alfonso X el Sabio quien tuvo tiempo, además de para escribir sesudos tomos de leyes y caza, de gobernar sus reinos y alternar en cien batallas; y de librar la de algunos amoríos, entre ellos, el de doña Mayor, a quien en pago de sus arrumacos hizo señora de Palazuelos, Salmerón, Valdeolivas, Alcocer, Azañón, Valdesangra…





   Del pecado de doña Mayor y don Alfonso nació doña Beatriz, a quien casó el rey de Castilla con el rey de Portugal, reino del que doña Mayor procedía.

   Por supuesto, el señorío de Palazuelos que el rey Sabio entregó a doña Mayor pasó a su muerte, en Alcocer y su monasterio por ella fundado, a doña Beatriz de Castilla quien ostentó, junto a la corona como consorte de su reino, el señorío de Palazuelos.

   La escultura funeraria de la primera señora de Palazuelos, doña Mayor, fue una de esas piezas del arte que han de figurar por los siglos de los siglos en las salas de los museos para admiración de los pasados y venideros. La incultura guerrera que destruyó las de sus descendientes, el adelantado de Cazorla y su mujer, también hizo que desapareciese la de doña Mayor Guillen.

   No debió de tener mucha intervención en la villa doña Mayor, como tampoco la debió de ejercer, por la distancia, su hija doña Beatriz de Castilla, señora de Palazuelos y reina de Portugal, de quien pasó nuestra amurallada población a una nueva dama, doña Blanca de Castilla, hija doña Beatriz y nieta del rey Sabio.

 TODAS LAS FERIAS DE GUADALAJARA, A TRAVÉS DE LA HISTORIA (pulsando aquí)

   Doña Blanca decidió, como su abuela, apartarse del mundo y sus ruidos, e ingresar en un convento. Lo hizo en Burgos, en Santa María la Real, al que legó sus bienes y hacienda, tras vender alguna de sus posesiones, entre ellas Palazuelos, al prototipo caballeresco medieval, don Juan Manuel, hijo del infante don Manuel. Dueño y señor de una gran parte de la hoy provincia de Guadalajara, y de los reinos de Castilla. Hombre que pudo atravesar el reino de uno a otro extremo, dedicando en el viaje ocho o diez jornadas haciendo noche, cada una, en un castillo diferente y siempre de su propiedad. Su hija, doña Juana Manuel, lo heredó por estos señoríos y fue señora de Palazuelos, y vendió Palazuelos a don Pedro Hurtado de Mendoza, el de Aljubarrota.  De don Pedro llegó a su hijo, don Diego, a quien casaron con María Enríquez, de quienes, tras no pocos avatares, pasó a don Íñigo López de Mendoza, nuestro conocido Marqués de Santillana, del marqués, a don Pedro, el Adelantado de Cazorla, y de su mujer doña Juana de Valencia, en cuyo matrimonio se cierra el círculo que comenzamos al inicio.

   Y es que, en ocasiones, la historia se nos muestra, más que como la realidad del día a día, como el guion de una novela. Con mucha historia. Como la de Palazuelos, y sus señoras.

   El apasionante, y tan embrolloso en ocasiones, mundo de la historia.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara,
   

LUISA DE MEDRANO. Apuntes biográficos. Un libro que nos acerca a la figura de la primera mujer que dio cátedra en una Universidad (pulsando aquí)



JUAN BRAVO, EL héroe de Villalar (conócenlo, pulsando aquí)

 FRANCISCO LAYNA SERRANO, EL HOMBRE Y SU OBRA. El libro, aquí

ALCORLO Y EL BORNOVA

 

ALCORLO Y EL BORNOVA
Memoria de un río que anegó un pueblo


   El río Bornova que da nombre al sexmo que se  integró en las tierras de Jadraque cuando se segregó de las de Atienza, tiene su nacimiento en tierras de Somolinos, para añadir sus aguas a las del Henares en las cercanías de Miralrío, luego de recorrer a través de la serranía del Alto Rey sesenta y seis kilómetros, y unírsele toda una red de arroyos y arroyuelos que acrecientan su cauce, haciendo acopio de caudales y pasando por tierras de Prádena de Atienza, Gascueña, Villares de Jadraque, Hiendelaencina, Zarzuela de Jadraque, Alcorlo, San Andrés del Congosto, Membrillera y Castilblanco.



   A lo largo de su recorrido recibe las aguas del río Pelagallinas, que baja de las cumbres del Alto Rey; del arroyo del Avellano, que viene de Santotís; Retuerta y Valdecanal en Prádena; del Barrio, Canalón y Cerezo, en Gascueña, y de tantos otros cuya enumeración se haría interminable.

   Es, sin lugar a dudas, el río que trajo el progreso, y que con el pasar de los siglos llevará también el fin, a una de las localidades a las que dio vida, Alcorlo.

   Que sus cercanías fueron pobladas desde tiempos prehistóricos lo podrían indicar las grandes cuevas, o cavernas, que hasta no hace demasiados años, cuando el agua se adueñó de ellas, podían visitarse a ambos lados del paso del Congosto. Siete principales y algunas secundarias; la más importante, la Grande, seguida de la de Pitas, la Torrecilla, el Caldero, la de los Pescadores, la del tío Marcelino y por supuesto, la de los Murciélagos por los que, contaron quienes la recorrieron, se encontraban a cientos.

   Juan-Catalina García López, tan expresivo en la historia como en el relato de sus viajes, contó que era desagradable visitarlas porque se iba recibiendo constantemente en cara y  manos los bofetones de los atolondrados murciélagos que en número prodigioso se albergan por todas las resquebrajaduras.

   El sexmo del Bornova comprendía las actuales localidades de Arroyo de Fraguas, Alcorlo, La Bodera, Bustares, Castilblanco, Carrascosa, Congostrina, Gascueña, Hiendelaencina, Jadraque, Medranda, Membrillera, Nava de Jadraque, Las Navas, Pálmaces, Pinilla, El Ordial, Robredarcas, Robledo, San Andrés del Congosto, Semillas, La Toba, Torremocha, Villares y Zarzuela (como principales núcleos de población), junto a algunos despoblados. Pasará a la historia como una de las posesiones en las que se dividieron las tierras de Jadraque dentro de los dominios del Cardenal Pedro González de Mendoza.

   La villa de Atienza y su Común, como posesiones reales, serán a lo largo de la historia entregadas como dote de casamiento a algunos de los futuros príncipes o princesas, poseyendo en repetidas ocasiones éste señorío las mujeres que más tarde ocuparán el trono consorte del reino en virtud de matrimonio, y actuando a veces de forma arbitraria, puesto que sus distintas poseedoras podían usar el usufructo, pero no la propiedad; aun así entregarán lugares y tierras que serán apartadas del Común, para formar nuevos señoríos. Se segregarán de Atienza las tierras de Cogolludo, y más tarde las de Cifuentes; Palazuelos y una buena parte de las serranías de Miedes y Galve de Sorbe. Unas y otras fueron a parar a manos de la orden militar de Calatrava; a doña Mayor de Guillén; Iñigo López de Orozco y el infante don Juan Manuel, respectivamente.

   No obstante, uno de los mayores quebrantos en cuanto a segregación de tierras del Común atencino se deberá a la reina doña María de Aragón, mujer de Juan II, al dotar a la nieta de Pedro I el Cruel cuando se casó con el camarero real Gómez Carrillo, con un número de poblaciones cercano al medio centenar. Así, el 15 de noviembre de 1434, pasarán a su posesión, entre otras, las tierras de Jadraque con sus lugares y aldeas, algunas de las cuales irán a parar más tarde a manos de terceros por medio de ventas y cesiones hechas por Gómez Carrillo, siempre necesitado de fondos económicos.

   La tierra de Jadraque, incluyendo en ella los sexmos del Bornova y del Henares, quedó constituida a partir de mediados del siglo XV por cerca de cuarenta aldeas y lugares, de los que la mayoría pasarán a ser heredados por Alonso Carrillo de Acuña, hijo de Gómez Carrillo, que tendrán para el futuro una historia común.

   Desde que los primeros miembros de la familia Mendoza adquirieron posesiones en la provincia de Guadalajara a partir del siglo XIV y tras obtener Hita, junto a otros pequeños lugares del entorno, así como otros en tierras de Galve, de Miedes, de Palazuelos y Cifuentes, segregadas del Común de Atienza, fue una constante en ellos reunir en torno a aquellas otras más extensas que las viniesen a ampliar, al tiempo que iban concentrando a base de compras y trueques sus dominios en las tierras de Guadalajara, no dejando escapar cualquier ocasión que se les pudiese brindar, como siglos adelante continuarían haciendo, con el fin principal de que aquellas tierras que habían sido propias continuasen en el seno familiar, derivando al cabo de los años y los siglos en el extenso ducado del Infantado.

   Al primer señor de Hita, Pero González de Mendoza, lo heredó su hijo, Diego Hurtado de Mendoza, quien adquirió mancomunadamente las tierras de Galve, aún a pesar de los pleitos que su viuda, Leonor de la Vega, hubo de mantener para hacer prevalecer sus derechos con la otra parte compradora. Y años adelante el primer marqués de Santillana, heredero de éste y del señorío de Hita, adquiere también las tierras y castillo de Beleña, extendiendo su autoridad desde aquí  a Palazuelos.

   Los extensos dominios de Jadraque serán objeto de varias transacciones; los Gómez Carrillo, se irán deshaciendo de distintas aldeas que van a parar a miembros de la familia Mendoza, hasta que finalmente el Cardenal Pedro González adquiere toda la tierra con sus sexmos mediante cambio o trueque, con Alonso Carrillo de Acuña, al que ofrece la villa y castillo de Maqueda, así como la alcaidía mayor de Toledo por Jadraque y su tierra.

   La agricultura, y una escasa ganadería, son las fuentes principales de sustento para Alcorlo a lo largo de los siglos, que cultivó trigo, cebada, centeno y recogió algunas frutas y, principalmente hortalizas que comenzarían a ser apreciadas en los mercados cercanos de Jadraque y Cogolludo a partir del siglo XVI; disponiendo de un molino junto a las aguas del Bornova que, como suele ser habitual, perteneció al “Señor” de la tierra, el Duque del Infantado a partir del siglo XVII.

   El río Bornova, sin duda la mejor fuente de vida del municipio, se convertirá, a lo largo del siglo XX, en su mayor quebranto, hasta de alguna manera hacer que el pueblo desaparezca.

   Todo da comienzo con la construcción del Canal del Henares que ha de regar una amplia faja de terreno en poblaciones próximas a Guadalajara, y ha de continuar en las vecinas de Madrid. Canal que se nutrirá de las aguas del Henares pero que, con la llegada del verano, resulta insuficiente su caudal, por lo que se mirará a las aguas del Bornova, a fin de incrementarlas.







   Las primeras noticias sobre la construcción del embalse que terminaría por ahogar el valle nacerán con el siglo XX. Desde Guadalajara y pueblos aledaños se pide el incremento de caudal del Canal del Henares, y desde la prensa, conocida la noticia del Proyecto de los pantanos, presas y embalses de Beleña, Pálmaces, y Alcorlo, se pide que aquello se lleve a efecto, siendo uno de los abanderados del proyecto el semanario Flores y Abejas quien a lo largo del año 1900 insistirá en que se lleven a cabo los trabajos. El periódico madrileño El Globo, con fecha 29 de septiembre de 1901, avanzó que las obras de los pantanos o embalses de Alcorlo, Beleña y Muriel, con la terminación de las obras del Canal, tendrían un coste de 2.630.000 pesetas. Sin embargo, y por extraño que parezca, los estudios quedarán suspendidos y no volverá a hablarse del pantano hasta siete años después, en el mes de junio de 1910; para quedar nuevamente en el olvido y mantener así, a lo largo del siglo XX a los vecinos con el alma en vilo. Sin saber con certeza si algún día tendrían que dejar la tierra de sus mayores, o podrían terminar, como aquellos, descansando a la eternidad de los siglos en su suelo.

   El río, que tanta riqueza dio a la tierra y serranía de Atienza, anegó finalmente las calles del pueblo en los primeros meses de la década de 1980, casi un siglo después de que por vez primera alguien trazase sobre un plano lo que habría de ser riqueza para unos, y olvido para otros.

  Tanto bienestar como trajo el Bornova para los pueblos de su entorno, y tanta sombra negra como dejó del Congosto hacía arriba, anegando incluso aquellas cuevas o cavernas que fueron historia viva en la comarca y a las que, cuentan, se introdujeron centenares de toneladas de cemento, para taponar las oquedades por las que pudieran escapar aquellas aguas.

   Alcorlo y el Bornova, la triste memoria de un río que anegó un pueblo.

Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 17 de julio de 2020

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LA SEÑORA DE JADRAQUE

 LA SEÑORA DE JADRAQUE
Mencía de Mendoza, nacida en el castillo de Jadraque, fue una de las mujeres más sobresalientes del Renacimiento español

 

   Su nacimiento tuvo lugar el 1 de diciembre de 1508, cuando el castillo estaba recién construido, y acaso sin haberse terminado totalmente sus obras. En él pasó los primeros meses de su vida hasta que sus padres abandonaron el lugar para instalarse en el castillo de la Calahorra, en tierras de Granada, y posteriormente en el valenciano de Ayora.

 

   Quizá fuese el periodo comprendido entre 1492 y 1509 la época en la que con ligeros intervalos de tiempo el castillo de Jadraque fue ocupado por quienes lo mandaron levantar. Lo ideó don Pedro González de Mendoza, abuelo de doña Mencía, quien apenas pasó un par de veces o tres por Jadraque. Su hijo, el conde del Cid, don Rodrigo Díaz de Vivar y de Mendoza, padre de doña Mencía, y en quien recayó la posesión a la muerte de su padre, tras su marcha y asentamiento definitivo en Ayora no regresaría por estas tierras sino ocasionalmente. En tierras de Valencia le llegaría la muerte, en 1521, a doña María de Fonseca, madre de doña Mencía y mujer de don Rodrigo, y dos años después, en 1523, dejaría el conde del Cid el mundo de los vivos, quedando castillo y señorío de Jadraque en poder de doña Mencía quien a la sazón contaba con apenas 15 años de edad. Temprana pero que, fruto de los tiempos, no fue obstáculo para casarla con Enrique de Nassau, 25 años mayor que ella, en Burgos, el 30 de julio de 1524.

   De Enrique de Nassau nos dice la historia que viajó por vez primera a Castilla, acompañando a Felipe el Hermoso, pretendiente al trono de Castilla por su matrimonio con Juana I, convirtiéndose más tarde en uno de los hombres de confianza del hijo de la reina, Carlos V, hombre de confianza que traducido al lenguaje de la época significó que fue su chambelán. Don Enrique, gran estratega militar, intervino en múltiples combates en defensa de sus tierras, las de Breda y, por supuesto, se significó en las guerras que el rey Carlos mantuvo con Francia. Con anterioridad al matrimonio celebrado con Mencía de Mendoza, estuvo casado con Luisa Francisca de Saboya y con Claudia de Chalon-Orange, madre a su vez de Renato, el primer príncipe de la Casa de Orange surgido de los Nassau.

 

Los viajes por Europa

   El matrimonio, acompañando al emperador Carlos, viajó por la Europa imperial hasta establecerse definitivamente en Breda, la ciudad en la que doña Mencía comenzó a interesarse por la cultura renacentista que se extendía por una parte de Europa. También se interesó por la pintura, y los pintores. En Breda conoció a Luis Vives, con quien estudió Latín y Cultura Clásica; iniciándose en una importante labor de mecenazgo de pintores, escultores y escritores que no abandonaría hasta el final de su vida. También en Breda se inició en una moda entonces en auge, el coleccionismo de obras de arte, joyas y, por supuesto, libros, llegando a reunir en sus castillos una cumplida biblioteca.

 

EL CASTILLO DE JADRAQUE (Pulsando aquí)

    Desde Breda, viajó doña Mencía con alguna frecuencia a Jadraque llevando, como igualmente era costumbre de los tiempos, parte de sus propiedades en muebles, enseres y ajuar. Gracias a ello conocemos el inventario de los bienes y objetos que en aquellos tiempos pasaron por Jadraque y su castillo, lo que nos da prueba de que, más que una fortaleza, era un palacio; entre los ajuares que la acompañaban no faltaban los cuadros, o los lienzos ricos o tapices, además de libros e instrumentos musicales. Puesto que doña Mencía era igualmente aficionada a la música del clavicordio, siendo poseedora de al menos dos de estas piezas.

   En el año 1533 doña Mencía regresó a España y aquí permaneció hasta 1535 fecha en la que de nuevo marchó a los Países Bajos. Mientras anduvo por aquí, su castillo de Jadraque se convirtió en la residencia habitual y sus habitaciones volvieron a engalanarse con los numerosos objetos que fueron traídos desde aquel país, sobre todo tapices y pinturas, todo ello adquirido en el mercado flamenco. Los tapices comprendían tres series, la de la pesca, la de Perseo y la de la fruta, que en conjunto pasaban de las dos docenas. A ellas se sumó la Historia de Isaac, adquirida en España. Llegando a poseer hasta doce libros de horas, todos en pergamino e iluminados, con cubiertas de oro y plata.

 

El retorno definitivo

   Doña Mencía enviudó del conde de Nassau en 1538 –el 14 de septiembre-, regresando definitivamente a España; sin embargo, y como nos cuenta la historia, no fijo entonces su residencia en Jadraque, sino que lo hizo en Valencia, primero en su castillo de Ayora, donde se hicieron las capitulaciones matrimoniales en 1540 para su futura unión, por indicación de Carlos V, con don Fernando de Aragón duque de Calabria y entonces Virrey de Valencia,  y donde posteriormente tuvo lugar la boda con don Fernando, el 13 de enero de 1541, estableciéndose después en el Palacio Real de Valencia, residencia de los virreyes.

   En alguna ocasión viajó el matrimonio, al parecer no muy bien avenido, a Jadraque. A don Fernando de Calabria, sin duda, la cercanía de Jadraque con el castillo de Atienza debía de traerle los sinsabores de los años en los que estuvo prisionero en la Torre de los Infantes de la fortaleza de Atienza cuando su tío, el rey don Fernando el Católico se adueñó de su reino de Nápoles y lo envió allí con sus criados y servidores, antes de mandarlo a Valencia, después de mandar ahorcar públicamente, en Atienza, cuenta la historia, y en su presencia, a cuantos lo acompañaron desde Italia.



 

   Casualidades del destino, a don Fernando de Calabria lo casarían primeramente con Germana de Foix, quien a la sazón era viuda de su tío y carcelero, don Fernando de Aragón, más conocido como Fernando el Católico.

   A pesar de que por aquellos años doña Mencía se dedicó, más que a sus tierras de Guadalajara, a las valencianas, donde reanudando su labor de mecenazgo emprendida en Breda se rodeó de pintores, escultores y humanistas valencianos, a los que protegió, llegando incluso a idear la creación de una institución educativa que la muerte la privó de llevar a cabo.

   Fue elogiada en sus tiempos por escritores y pintores, dado su apoyo a la cultura, y a la ayuda económica que les brindó cuando, residiendo en Breda, se dedicó a aquella labor. Al tiempo que se señala que fue, en aquellos remotos siglos en los que una nueva cultura comenzaba a emerger, luchadora, a su manera, por la dignidad de la mujer y su transformación, ideas humanistas que se enfrentaron al feudalismo entonces reinante en su tierra natal.

   Doña Mencía falleció sin descendencia de ninguno de sus dos maridos, en Valencia, el 4 de enero de 1554 pasando castillo y señoríos de los que era titular a su hermana María, casada con su primo, D. Diego Hurtado de Mendoza, conde de Saldaña y, como tal, heredero del ducado del Infantado. Incorporándose sus títulos, tierras y castillos, a la muerte de doña María de Mendoza, a la casa ducal del Infantado. A la que fueron a parar parte de las colecciones de libros, lienzos y pinturas que a lo largo de su vida logró reunir.


Tomás Gismera Velasco
Guadalajara en la Memoria
Periódico Nueva Alcarria
Guadalajara, 8 de enero de 2021 


 

JADRAQUE, MEMORIA DE UN HOMENAJE

 

 JADRAQUE: MEMORIA DE UN HOMENAJE

Al Cardenal Mendoza, el 14 de junio de 1959

 

    El 14 de junio de 1959, cuando Jadraque se disponía a lanzarse al mundo de la prensa, de la historia y de la cultura nacional con el fin de dar a conocer sus inquietudes en torno al castillo de la villa, el del Cid, dando a partir de aquel momento el definitivo empuje hacía su reconstrucción, amaneció claro, con un tímido sol que no hacía presagiar lo que posteriormente había de suceder.

   Aquel 14 de junio, domingo, en Jadraque se reunían las primeras autoridades de la provincia, algunas nacionales y, por supuesto, los representantes de la cultura provincial. El objetivo: dar a conocer la villa a través del gran homenaje que se iba a dedicar a don Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal de España; el hombre que fuese, después de los Reyes Isabel y Fernando, el más poderoso de la España Peninsular. El hombre que unos cientos de años atrás mandó levantar un castillo que se convertiría en enseña de una tierra.


 

 

Don Pedro, el Gran Cardenal

   Se convirtió en Señor y dueño de la tierra de Jadraque por mera casualidad, o quizá por querer tener cerca de la que fue una de sus primeras sedes episcopales, Sigüenza, a las tierras vecinas.

   En Sigüenza y su catedral reposan a la eternidad de los siglos quienes fueron los primeros dueños de aquellas tierras que fueron segregadas del Común atencino reinando don Juan II. En palabras del cronista provincial don Francisco Layna Serrano, don Gómez Carrillo y doña María de Castilla, en quienes se fundó la llamada “Tierra de Jadraque”, descansan a la eternidad de los siglos en la catedral de Sigüenza como si estuviesen instalados, por su disposición, en una litera de coche cama.

   A la descendencia de don Gómez Carrillo adquirió el Gran Cardenal la Tierra de Jadraque, a cambio de las que nuestro Mendoza poseía por la toledana Maqueda. Ello fue por el 1469. A partir de entonces Jadraque comenzó a ver como se construía un nuevo castillo y llegaban a él los descendientes de don Pedro; su hijo don Rodrigo de Mendoza, del Cenete y del Cid, primero; y su nieta después. Doña Mencía, que tantas glorias dejó a la España del Renacimiento. 


 EL CASTILLO DE JADRAQUE (Pulsando aquí)

 

Don Mariano Ormad Ferrer

   Don Mariano Ormad Ferrer fue uno de esos hombres que pasan a la historia de un pueblo por el tesón que ponen en defenderlo. Uno de aquellos alcaldes a los que la política importaba un pito porque por encima de ella están la unión de un pueblo. De los que tratan de dar ejemplo, poniéndose delante de los vecinos para decirles: ¡Adelante!, y yo el primero; llamando a su lado a quienes pueden colaborar en las ideas, que bien recibidas y sazonadas, ensalzan a los pueblos.

   Don Mariano nació en Jadraque, y presidió su Ayuntamiento por espacio de veinte años, entre 1951 y 1971. Cuando llegó a la alcaldía todavía se vivían las penurias que acompañaron a los tristes años de la década de 1930, los de la guerra y sus consecuencias. A pesar de que hombres hubo en Jadraque, desde 1939 a aquel 1951, que procuraron, al igual que don Mariano, sacar a su pueblo adelante. Y bien que lo hicieron.

   La fijación de don Mariano Ormad, y la de los hombres que le acompañaron en el empeño se centró, entre otras cosas, en lograr la reconstrucción de un castillo que su pueblo adquirió cincuenta y tantos años atrás, no por su valor, sino por su significado histórico, puesto que la adquisición fue una ruina y para poco valía. Las trescientas pesetas que pagó el municipio a la descabalada y manirrota Casa de Osuna le parecieron excesivas a don Julio Callejo, que lo quiso comprar por un poco menos para utilizar la piedra, bien machacadita, en el firme de la nueva carretera que se proyectaba por el 1898.

   Don Mariano Ormad, que recibió como justa recompensa a su labor de buen Alcalde numerosos reconocimientos a lo largo de los años que dirigió la alcaldía jadraqueña, aquella mañana, y como apertura de los actos, recibió de parte del Ayuntamiento de Burgos, en el salón de plenos del de Jadraque, una reproducción de la escultura de Gómez Quesada, que ya era emblema de la ciudad, la del Cid, en reconocimiento, uno más, a su tesón por rescatar la del caballero castellano, unido a la historia de un castillo que trataba de levantar la cabeza. 


 JADRAQUE. CRÓNICAS DE UN SIGLO (Pulsando aquí)

 

Los maestros de la pluma, y el Cid

   El primero de ellos, sin lugar a dudas, era José Antonio Ochaíta, el pintor de letras de las tierras de Jadraque; junto a él, toda una corte de grandes literatos y periodistas provinciales, entre los que no faltaban Baldomero García Jiménez, Juan Becerril, Julián Gil Montero, José de Juan García, o Luis Monje Ciruelo y, por supuesto, las autoridades en pleno de la provincia y obispado.

   A todos los convocó el Ayuntamiento y, en su nombre, el poeta Ochaíta; y para todos sería servida, en el salón de espejos del Casino, un apetitoso yantar, mucho menos aparatoso en su composición que los que se acostumbra a servir hoy día en cualquier evento que se precie: Fiambres Selectos. Huevos castellana con champiñón y riñones. Cabrito asado a la barreña. Macedonia de frutas. Helado. Café. Licores. Habanos. Vinos Blanco y tinto Castilla y Abocado especial.

   Por las calles de Jadraque, atiborradas de gente endomingada, jinetes en hermosos alazanes, se paseaban los heraldos que escoltaban al mismísimo Cid Campeador Rodrigo de Vivar quien sobre alazán encaretado blandía el pendón de Castilla, casi mil años después de su primer paso.

   Los hombres y mujeres de Jadraque, a una todos, habían colaborado en tender gallardetes de lado a lado de las calles; o en adecentar los accesos al castillo, que con ello parecía que sangraban algo menos los muñones de las murallas.

   En el muro que mira al Valle del Henares estaba prendida ya la lauda que recordaría al hombre que lo mandó alzar: Este Castillo, que llaman del Cid, fue reconstruido el año MCDLXXXVIII. Por D. Pedro González de Mendoza. Gran Cardenal de España. En el patio central, bajo gallardetes y colgaduras facilitadas por los servicios especiales del Ministerio de Información y Turismo, sería oficiada la misa, a eso de las doce; por dos obispos, nada menos.

   Alrededor los corresponsales de prensa de la mayoría de los grandes medios de Madrid y, por supuesto, el NODO.

    A punto de iniciarse la misa comenzó a alborotarse el cielo y, como desde las alturas se adivinase la tormenta, la mayor parte de quienes ascendieron al castillo emprendieron la retirada. Las autoridades corrieron al lienzo de la muralla, a descubrir la lauda recuerdo al Cardenal; don Pedro Sanz Vázquez, como Alcalde de Guadalajara, tuvo el honor y, de nuevo, a paso veloz, al pueblo.

   En la iglesia parroquial tuvo lugar la misa; y desde el balcón del Ayuntamiento, con una plaza atiborrada de jadraqueños, las autoridades, los poetas y gentes de cultura dirigieron la palabra, mientras el Cid continuaba blandiendo el castellano pendón y sonaban acordes castellanos a través de la megafonía. Ni el agua de la tormenta pudo aguar una fiesta en la que Jadraque entero creyó.

 

La Crónica

   A la mañana siguiente, a través de todos los periódicos, comenzaron a aparecer las crónicas de lo ocurrido el domingo 14 de junio en Jadraque. Pocos fueron los que, a lo largo de la semana, no se ocuparon del castillo del Cid, del empeño de sus gentes, de su Alcalde, de sus concejales. Del tesón y voluntad que un pueblo ponía en rescatar su propia historia, a través de las melladuras de un castillo en ruina. Hablaban de su Alcalde, sus escritores y poetas, como si de titanes se tratase.

   Por supuesto que también hablaban de la tormenta y de cómo las autoridades se cubrieron de barro los zapatos, pero eso son cosas que pasan y se olvidan. Lo que no se olvidó por quienes asistieron, es que a un pueblo, o a un Alcalde, no se le pueden negar según qué cosas, cuando de enaltecer su pasado se trata. Y así fue como don Mariano Ormad, y el pueblo de Jadraque, a partir de aquel día, comenzaron a ver cómo su castillo recobraba, poco a poco, su antiguo porte. Aunque con sus manos tuvieran que poner de nuevo en su lugar las piedras que rodaron por el cerro. ¡Gran ejemplo!

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 11 de junio de 2021


 JADRAQUE, Y SUS HISTORIAS (Pulsando aquí)

GALVE DE SORBE, DE SEÑORÍO A CONDADO

 GALVE DE SORBE, DE SEÑORÍO A CONDADO
Señorío de Íñigo López de Orozco, terminó en el ducado de la Casa de Alba

 

   Es considerado don Iñigo López de Orozco, muerto a manos del rey Pedro I el Cruel tras la batalla de Nájera, el primer señor de Galve de Sorbe.

   Don Iñigo López de Orozco recibió aquella tierra en pago de sus servicios al rey Pedro, antes de que el rey se enemistase con él. Aquello sucedió el 28 de octubre de 1354. 


 

   Como Señor de Galve, Escamilla, Pinto, Torija, Santa Olalla, Miedes, Robredarcas y Tamajón, entre otros títulos, se le cita en numerosas publicaciones.

   Don Iñigo López de Orozco contrajo matrimonio, en primeras nupcias, con Teresa González de Mesa, de la que no hubo descendencia; y en segundas con doña Marina de Meneses, de la que le nacerían, al menos, cinco hijas, María, Mencía, Teresa, Juana primera, y Juana segunda. En aquellos remotos tiempos no resultaba extraño dar el mismo nombre a varios descendientes, de esa manera si alguno de ellos no alcanzaba la edad adulta, otro podría pasar a la historia.

   Siendo doña Mencía quien una vez hecho el reparto de bienes de su padre trató de vender el lugar con sus términos a algún familiar con la intención de que permaneciesen en el apellido, adquiriéndolo mancomunadamente don Diego Hurtado de Mendoza, hijo de Pedro González de Mendoza, conocido como “el de Aljubarrota”, y Diego López de Estúñiga, entonces justicia mayor de Castilla.

 

Acuerdos de familia

   Ambos parientes firmaron el acuerdo de compra el 4 de julio de 1402, ajustando un precio de 10.000 florines, como nos cuentan los viejos documentos: “es posttura e condiçión enttre nos, los dichos almirante e Diego López, que si qualquier de nos o ottro por nos o por nuestro mandado en qualquier manera conpráremos el dicho logar, que qualquier de nos que lo conprare que sea tenudo de dar la mitad del dicho logar al ottro por el presçio e conttía que qualquier de nos o otre (sic) por nos o por qualquier de nos lo oviere”.  

 

 

   Posesión mancomunada de Galve que llegó hasta la muerte del almirante, acaecida en 1405 a los cuarenta años de edad.

   Surgirán posteriormente a la muerte de don Diego Hurtado las discusiones hereditarias, aprovechadas por Diego López de Estúñiga para hacerse por la fuerza con todo el Señorío, alegando que no recibió el precio pactado en la venta que hizo al difunto, como nos contó Francisco Layna Serrano en sus “Castillos de Guadalajara”:

   Desde el punto y hora  que el almirante fue muerto, el de Estúñiga so pretexto de que según escrituras y sentencias a su favor el fallecido le adeudaba ciertos maravedises y costas, se apoderó de la mitad de Galve heredada por su mujer e hijos sin que de nada sirvieran las protestas de la viuda.

   Falleciendo el usurpador en 1417 sin lograr legalizar la situación de la tierra, que pasó a su segundogénito, del mismo nombre, quien lograría del rey los avales necesarios para nombrarse Señor de Galve, y figurar como único titular de la tierra y su castillo.

   Leonor de la Vega, viuda de Diego Hurtado, se dirigió al rey Juan II reclamando sus derechos sobre la parte que le correspondía, la cuarta de la mitad, ya que las otras tres correspondían a los hijos del difunto, acordando con López de Estúñiga, en la década de 1420, la venta lo que la pertenecía, recibiendo la cantidad ajustada, cifrada en 50.000 maravedíes, quedando desde entonces la titularidad de Galve en Diego López de Estúñiga, a quien habían de heredar los hijos habidos de sus dos matrimonios, el primero con Elvira de Bedma y el segundo con Constanza Barba de Pedrosa.

   López de Estúñiga dejaba esta tierra en poder de su hijo Pedro de Estúñiga, habido del segundo matrimonio, contra quien pleiteó su hermanastro, Juan de Estúñiga, en quien quedaron las tierras de Monterrey, en Galicia, que pertenecieron al apellido.

   Pleito que se prolongó a través de los años continuándolo a la muerte del señor de Monterrey su hija, Teresa de Estúñiga, y por poder de ella su marido, Sancho de Ulloa, a favor de quien otorgó poder para pleitear; pleitos que ganó finalmente don Pedro que, aunque no pusieron fin a la discusión, lo hicieron figurar como Señor efectivo de estos dominios; de quien pasaron a su hijo Francisco de Estúñiga, casado con Marina de Tovar, señora de Cobeta y Torrecilla.

   Francisco de Estúñiga vendió Galve, iniciándose un nuevo pleito con su sobrina Francisca de Estúñiga Ulloa, II condesa de Monterrey e hija de Teresa, en quien finalmente acabaron las tierras de la disputa.

 

El Condado

   Doña Francisca, más centrada en las posesiones gallegas, terminó vendiendo la tierra de Galve, con la oposición de los hijos habidos de su primer matrimonio quienes al fin, dándose cuenta de que Galve quedaba muy lejos de Galicia, terminaron por aceptar los tratos de doña Francisca, aunque mucho tiempo después, vendiendo Galve y su tierra el 18 de septiembre de 1543 a doña Ana de la Cerda, por precio de 6.123.546 maravedíes según recoge Layna Serrano, que cita los pueblos que entonces  formaban el señorío de Galve de Sorbe: “el conde de Monterrey vendía a doña Ana de la Cerda la villa de Galve con su fortaleza y lugares de su tierra, Cestalviejo, Valdepinillos, Lagüerce (La Huerce), La Zarzuela (Zarzuela de Galve), Pedro Yusta, El Onmbrialejo (Umbralejo), Valverde, Majadas Viejas, Los Palancares, La Mata, Robredo…”

   En 1546 doña Ana de la Cerda fundó mayorazgo a favor de su tercer hijo Baltasar de la Cerda y Mendoza, quien se convertiría en primer conde de Galve, y quien contrajo matrimonio con Jerónima de Mendoza.


 GALVE DE SORBE, SU CASTILLO Y SU TIERRA (Pulsando aquí)


   La hija de ambos, Ana de la Cerda y Mendoza, quien contrajo matrimonio con Juan Francisco Cristóbal de Hijar, conde de Belchite y duque de Hijar, se convirtió en la segunda condesa, a la que sucedió como tercer conde de Galve su hijo Martín, muerto sin sucesión en 1607, por lo que fue cuarta condesa su hermana Jerónima, muerta también sin sucesión en 1609, extinguiéndose en ella la línea directa de los condes de Galve. Pasando a los duques de Pastrana, como descendientes de D. Diego Hurtado de Mendoza, Conde de Mélito, y de la Condesa doña Ana de la Cerda, su mujer.

   Llegó, en el siglo XX, Cayetana de Alba, quizá la más mediática de las duquesas de la casa, tras llegar a ella a través de Manuel María José de Silva y Mendoza, 10º Conde de Galve, quien contrajo matrimonio el 8 de diciembre de 1712 con María Teresa Álvarez de Toledo, la 11ª Duquesa de Alba. A don Manuel María José le llegó a través de los duques de Pastrana

   En la actualidad el título lo ostenta don Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo.

   Apellidos hidalgos, e historia familiar, en las añejas tierras de nuestra Serranía. En esa apasionante aventura de la historia, que tanto nos cuenta.

 

Tomás Gismera Velasco/ Guadalajara en la memoria/ Periódico Nueva Alcarria/ Guadalajara, 13 de agosto de 2021